Confundir el culo con las témporas

El pasado viernes en este periódico apareció un articulo de opinión titulado “Orgullo gay...., de qué?” firmado por el señor Juan Besa Esteve. Como gay orgulloso de serlo, me estremece que en la actualidad continúen existiendo personas que nos discriminan, nos insultan (“homosexuales, encarnación de la inutilidad y de la amoralidad más rotunda”) y que dificultan que las lesbianas, los gays, l@s transexuales y l@s bisexuales vivamos nuestras relaciones afectivas y nuestra sexualidad en plenitud.

La utilización de argumentos biológicos a los que se dota de carácter moral es completamente absurda y simplista. No deja de ser divertido y sorprendente que las hipótesis presentadas por el Dr. Darwin hace más de un siglo sobre la preservación de la especie, que es su día sufrieron muchos ataques por parte de la jerarquía eclesiástica, sean hoy utilizados como argumento moral. Desde el punto de vista biológico, es cierto que las especies quieren garantizar su continuidad y para ello los organismos han desarrollado diferentes estrategias, entre ellas la del dimorfismo sexual. De todas formas, el garantizar la continuidad de la especie no significa que todos los individuos de la misma deban reproducirse; de hecho, muchas especies utilizan estrategias no basadas en el dimorfismo sexual (piénsese en los animales hermafroditas) y, en ciertos casos, algunos individuos hacen de reproductores y otros de cuidadores. En este sentido, hace unos años se planteó la hipótesis del “selfish gene”, que sugería que las personas homosexuales tienen un papel biológico al ejercer de cuidadores de la descendencia de sus familiares y asegurar así la continuidad de la especie. Como toda hipótesis científica, es susceptible de ser invalidada por hechos posteriores: la existencia de personas gays y lesbianas con hijos demuestra que no sólo somos cuidadores sino también reproductores.

No obstante, la utilización de la comparación con los animales para argumentar sobre los derechos que tenemos todas las personas no tiene fundamento, pues en la mayoría de los casos nuestros comportamientos y la organización de la sociedad van más allá de la simple biología. Sin ir mas lejos, el matrimonio es un constructo social y legal que poco tiene que ver con la preservación o continuidad de la especia humana; su regulación está más relacionada con la estructuración legal de la propiedad y la garantía de la legitimidad de la prole. El sexo como estrategia de perpetuación de la especie es independiente del matrimonio (¿o es que acaso no nacen hijos fuera del hogar conyugal?). Es absurdo, pues, negar el ius connubii de las lesbianas y los gays argumentando que forman parejas estériles. Si la perpetuación de la especie fuera la base teleológica del matrimonio, deberíamos establecer la obligatoriedad del mismo y prohibir el celibato y la castidad, así como la unión de personas heterosexuales estériles o la adopción de hijos no biológicos.

Me sorprende la contraposición que hace el señor Besa entre la protección de la familia y los derechos de gays y lesbianas. Parece mentira que en pleno siglo XXI aún haya quien no se dé cuenta de la pluralidad que existe dentro de esa abstracción que denominamos familia. El concepto de familia ha ido cambiando a lo largo de la historia y en diferentes culturas, así como las formas de relación entre personas del mismo o de diferente sexo y el cuidado de la prole. El reconocimiento legal del matrimonio entre personas del mismo sexo no significa la desaparición de las parejas heterosexuales ni el fin de la especie debido a la falta de hij@s, si ése es el temor del señor Besa. En los países en que ya se ha reconocido el derecho al matrimonio de gays y lesbianas (Holanda, Bélgica y próximamente Canadá), no ha disminuido drásticamente la población infantil, ni los heterosexuales se han contagiado de esa epidemia que algunos dicen que es la homosexualidad. Creo sinceramente que lo absurdo del argumento le resta cualquier validez, pues durante toda la historia han existido relaciones entre personas del mismo sexo y eso no ha representado el fin de la civilización. La importancia de nuestra era es, que por primera vez en la historia, los homosexuales de algunos países occidentales ya no somos considerados ciudadanos de segunda, ni marginados, ni discriminados, sino que poco a poco estamos consiguiendo los mismos derechos que los heterosexuales.

No es cierto que los homosexuales no podamos tener hijos, pues la mayoría de nosotros no somos estériles, pero sí que nos gusta vivir con la persona que amamos, como familia y con los mismo derechos que los demás ciudadanos. En la actualidad, existen muchas familias de gays y lesbianas que luchamos contra la discriminación que sufren nuestros hijos e hijas. Aunque los estudios realizados por pedagogos y educadores demuestran que no hay diferencias entre los hij@s de las parejas heterosexuales y los de las homosexuales, hay quien se empeña en ver fantasmas donde no los hay. Al fin y al cabo, lo único que necesitan nuestr@s hij@s es amor, afectividad, un entorno estable y la protección de su persona y sus capacidades. Obstinarse en que haya un hombre y una mujer en cada hogar es negar la capacidad humana de transmitir valores y educación con independencia del género de cada persona; puestos a ser rancios, ¿acaso no pueden los padres hablar de la menstruación a sus hijas? Y las madres, ¿no pueden jugar al fútbol con sus hijos e hijas?

Los comentarios sobre el sida del autor son completamente desinformados y de una maldad inaudita hacia el sufrimiento de las personas seropositivas, aunque no deberían sorprendernos, pues el hecho de acusar a ciertos grupos estigmatizados de la sociedad de ser la causa de alguna enfermedad no es nada nuevo. Baste recordar la acusación medieval de que los judíos eran los causantes de la peste que asoló a Europa durante el siglo XIV. Aunque los homosexuales hemos sido uno de los colectivos más castigados por el sida, también fuimos los primeros en reaccionar contra la enfermedad y en reclamar que se investigara el tema y que la sanidad pública dedicara recursos a combatir la enfermedad. El señor Besa y la gente tan desinformada como él deberían recordar que hoy ya nadie habla de grupos de riesgo sino de prácticas de riesgo. Si la mayoría de las víctimas del sida se encuentran en África y son heterosexuales (debido en parte a la cruzada moral de sus dirigentes, que se niegan a afrontar el problema con seriedad), ¿qué sentido tiene hoy relacionar homosexualidad y sida?

Mucho más sorprendentes son los argumentos religiosos que subyacen a la retórica del articulista: “la homosexualidad [...] no es el progreso, sino al contrario el regreso a Sodoma y Gomorra”. En un país supuestamente laico, la negación de un derecho o la aprobación de una ley no deberían basarse en opiniones o creencias religiosas, aunque últimamente parece que ocurra todo lo contrario. Las leyes se dictan para toda la sociedad y deberían basarse en un mínimo ético aceptado por todas las personas; la consideración u opinión que una determinada confesión religiosa tenga sobre ciertas conductas no debe determinar la acción del legislador y mucho menos cuando estamos hablando del derecho fundamental y constitucional a la igualdad y a la no discriminación.

Si entramos en consideraciones religiosas, la interpretación de la narración bíblica de Sodoma y Gomorra es discutible y, de hecho, la hermenéutica más moderna indica que el pecado de los habitantes de Sodoma fue la falta de hospitalidad, no la homosexualidad. Es sorprendente que haya quien se aferre a una visión tradicional de la narración del Levítico y se olvide del contexto en que fue escrita. Señor Besa, ¿lleva usted alguna prenda de ropa confeccionada con fibras de plantas diferentes? Pues mucho me temo que está usted condenado al Infierno. Levítico dixit. Como creyente y gay practicante, no creo que exista ninguna contradicción entre mi sexualidad y el mensaje de Cristo, que supera la Antigua Alianza y sólo nos pide que nos amemos los unos a los otros.

Hoy es un día especial para mí. Hoy hace cinco años que mi marido y yo decidimos iniciar nuestra vida en común y lo hicimos dando gracias, con una eucaristía en una iglesia. Lo que pretendíamos era compartir nuestra relación y pedir la bendición de nuestra comunidad (amigos y familiares), el verdadero significado del sacramento del matrimonio. El señor Besa me ha dado una razón más para continuar siendo visible, saliendo a la calle y sintiéndome orgulloso de lo que soy: que políticos y lideres sindicales salgan a la calle con nosotros me permite albergar la esperanza de que las cosas van cambiando y de que algún día tendremos los mismos derechos que la mayoría de la población, a pesar del señor Besa y de los que piensan como él. Los derechos de gays y lesbianas no son de izquierdas ni de derechas, son simplemente derechos humanos.

Albert Barberà
Doctor en Bioquímica y Biología Molecular. Investigador
Secretario General de la Federación Coordinadora Gai Lesbiana

Barcelona, 17 de julio de 2003